—El latido del comercio cercano— La Ferretera Aragonesa: Los 27.000 objetos de la tienda infinita

Entrar en La Ferretera Aragonesa sobrecoge al principio. La luz tenue y el ingente número de objetos que parecen echarse encima conforman un ambiente un tanto agobiante, cargado de esencias antiguas provenientes de otro siglo. Nada menos que en 1925 inició su andadura este comercio señero del Casco Histórico zaragozano.

Suelo de madera, anaqueles infinitos de pintura gastada que ascienden hasta el techo, objetos y más objetos (¿habrá algo que no esté aquí?) en un aparente caos que sus dueños y el operario contratado descifran a cada momento, deslizándose con pericia por el laberinto de pasillos jalonados por los utensilios más inverosímiles. Un recorrido que amenaza con convertirse en un jeroglífico del que sólo puedes salir airoso con su amable asistencia.

Miguel Ángel, José y Francisco empezaron a trabajar en La Ferretera hace decenas de años. Transitan con seguridad por todos sus recovecos hasta dar con alguna de las ¡27.000 referencias! que acumula la tienda para satisfacer la demanda de los más exigentes miembros de su fiel clientela. En la sencilla web www.laferreteraaragonesa.com se da cumplida cuenta de todo el muestrario gigante.

Y si entre esos miles de tornillos, herramientas, lámparas, perchas, cerraduras y demás artículos destinados al servicio de nuestras casas o nuestros almacenes no se halla lo que el comprador ha venido a buscar, “lo pedimos y en dos o tres días, máximo una semana, está aquí”, asegura Miguel Ángel Rúber.

Miguel Ángel atiende a una joven clienta. Foto: Juan Manzanara

Primero, dependientes; luego, dueños

Este veterano tendero de la calle Méndez Núñez, en pleno corazón del Casco Histórico, explica las virtudes de su comercio del que viven cuatro familias, las de los tres socios de la comunidad de bienes que lo detentan y la del dependiente que tienen contratado: máxima especialización en productos de ferretería y trato próximo, profesional y gentil con la clientela.

Miguel Ángel, José y Francisco rondan ya los 60 y se lanzaron a hacerse cargo del negocio en 2005, cuando la familia que lo había regentado desde su fundación decidió echar el cierre. “Era nuestra única salida. Con cuarenta y tantos años que teníamos no hubiéramos salido del paro. Además, este trabajo nos gusta”, asegura Miguel Ángel.

Y no se han arrepentido de su decisión. Hasta 2008, con la Expo, la tienda fue “como un tiro”. Tras la Exposición Universal y con la crisis, “el negocio mermó mucho, pero hemos salido adelante y ya desde hace un tiempo estamos estabilizados, con ganancias que no nos hacen ricos pero nos dan para vivir con dignidad”, señala orgulloso Rúber.

El secreto de su éxito: mucho trabajo, buena relación entre ellos y trato personalizado con el cliente. Porque “¡claro que tenemos roces!, somos como un matrimonio con muchos años de convivencia. Pero se superan. Todas las decisiones las tomamos por acuerdo de los tres”, asegura con orgullo el portavoz de La Ferretera.

Todos hacen de todo, aunque tienen divididas algunas faenas. Miguel Ángel controla los suministros, las compras y administración. José atiende en tienda y domina con precisión y simpatía el ingente muestrario. Francisco ejerce de comercial y para menos por la tienda porque anda casi todos los días tratando con clientes.

Esa organización flexible y fluida, además de largas jornadas de trabajo muy por encima de las ocho horas diarias, les permite seguir adelante con un negocio gracias al cual disfrutan de una vida satisfactoria y sin sobresaltos.

José, en una labor primordial: ordenar el género. Foto: Juan Manzanara

La principal competencia es digital

Aunque la competencia aprieta y no se puede bajar la guardia. Uno pensaría que sus principales rivales en el negocio son los bazares chinos. Pero el competidor máximo no tiene rostro, es virtual. “El desafío de Internet es bestial”, afirma tajante Miguel Ángel. “Nos afecta mucho más que las grandes superficies o las tiendas de chinos”, asegura. A las primeras les hacen frente con un mejor y más profesional trato a la clientela; a los segundos, con productos de mejor calidad.

Todo este cúmulo de cualidades le permite a La Ferretera Aragonesa disponer de una clientela fiel y en general apegada al barrio, aunque cuentan con compradores de toda la ciudad, incluso de fuera de Zaragoza. El problema es el envejecimiento del Casco Histórico y por tanto de muchos de sus clientes. “Es verdad que jóvenes vienen menos, pero los que llegan luego repiten porque encuentran lo que buscan y aprecian un trato mejor”, señala Rúber.

Por eso ve con optimismo el futuro del negocio, aunque por el momento amenace con extinguirse a la jubilación próxima de los tres socios, lo mismo que ha ocurrido con tantos otros comercios del barrio, algo que de rebote también ha afectado a La Ferretera: “ahora se mueven por aquí menos negocios de fontanería o de carpintería que nos daban también trabajo a nosotros”, señala Miguel Ángel Rúber, quien sin embargo es optimista sobre el futuro de la empresa. “Es cuestión de trabajar duro, de forma ordenada, reduciendo costes (ahora no tienen almacén propio y se surten mediante la organización gremial Coferdroza), disponiendo de muchas referencias sin necesidad de acumularlas”, sostiene el veterano ferretero.

El equipo completo de La Ferretera. Foto: Juan Manzanara

Tiempo para el cliente

E insiste en la clave de “la atención personalizada, dedicar todo el tiempo necesario al cliente, satisfacerlo con tus productos, o si no es posible, aportarle ideas para que encuentre una solución”, parámetros fundamentales del comercio de barrio, del comercio de proximidad.

Esa es la imagen que se pretende promocionar en la campaña emprendida por la entidad municipal Zaragoza Dinámica y a la que se ha sumado de forma entusiasta La Ferretera Aragonesa, que aporta imagen y esencia a la iniciativa. “Todo lo que sea promoción ayuda a dinamizar el comercio, por eso nos sumamos con agrado a la propuesta”, explica Miguel Ángel.

Una idea que ven con satisfacción y que les gustaría que viniera acompañada de más acciones promotoras de las tiendas de barrio, porque critican al unísono Miguel Ángel y José que “se están dando demasiadas licencias para grandes superficies”.

En cuanto a los beneficios que puede traer para la zona la pacificación de la calle Don Jaime y adyacentes, los veteranos tenderos de La Ferretera son algo escépticos. “La peatonalización de la calle Alfonso no le fue bien al comercio local. Veremos a ver lo que pasa aquí. Ahora circula más gente, eso es cierto, pero de momento no se traduce en más ventas”, se lamenta Miguel Ángel, mientras entra un nuevo cliente (¿o es un amigo?), al que José atiende campechano: “está al llegar el taladro. En cuanto venga, te aviso, lo coges y nos tomamos un cafecico para celebrarlo”.

Una escena exclusiva de espacios comerciales tan señeros e integrados en el latido del barrio como esta ferretería de toda la vida. Que galvaniza el Casco Histórico, que conforma Zaragoza.

El ladrón de la escalera

“Un día aparecieron en la tienda un hombre con aspecto desarrapado que llevaba del brazo a otro bastante bien vestido”, relata Miguel Ángel.

Para su sorpresa y la de sus compañeros, el hombre de dudoso aspecto se identificó como policía que había detenido a quien lucía un aspecto impecable. “Me ha intentado vender en la plaza Salamero una escalera que creo que es robada. ¿Les pertenece a ustedes? Está ahí afuera”, relató el agente camuflado.

Los entonces dependientes de La Ferretera Aragonesa salieron a la calle y comprobaron que se trataba efectivamente de una escalera del establecimiento que solían dejar apoyada en la fachada, confiando en que nadie la iba a tocar. Hasta ese día, claro.

La escalera les fue devuelta y el policía y el caco retenido marcharon rumbo a comisaría.

Dos semanas más tarde les esperaba otra sorpresa. El inadvertido ladrón volvió a presentarse en la tienda con su vestimenta a prueba de sospechas. Pero esta vez sus intenciones no eran delictivas sino reparadoras de la fechoría por la que acabó detenido.

El caco “se empeñaba en que quería pagarnos la escalera. Yo me la llevé y tengo que pagarla, nos decía. Nosotros le contestamos que ya había sido devuelta y que por tanto no debía abonarla”.

Tras un tira y afloja de varios minutos, el ‘buen’ ladrón acabó cediendo y se marchó sin pagar un objeto ya repuesto y por el que lo único que había conseguido fue una detención.

Eso sí, los operarios de La Ferretera se cuidaron de no dejar nunca más ni la escalera ni ninguna otra herramienta a las puertas del establecimiento.

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